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20/07/2021
La alimentación en tiempos de estrés
• La incertidumbre del COVID y la vuelta a volar después de meses de inactividad pueden contribuir a aumentar nuestro estrés. Proponemos unas pautas de alimentación que nos ayudarán a combatir sus consecuencias

Mach82 Nº 210

 

Susana Viñé Lombilla - Nutricionista ortomolecular / Terapia Integrativa / Homeopatía y terapias afines y Coaching emocional (método S.E.E.).

 

La situación derivada de la pandemia por la SARS COVID-19 ha proporcionado una avalancha de información y abundante bibliografía sobre el estrés y las distonías neurovegetativas de las que éste es, en última instancia, responsable. Con este artículo se pretende proporcionar algunas pautas nutricionales de carácter general, para mejorar nuestra alimentación y poder hacer frente al estrés empleando la que, sin duda, es nuestra primera herramienta terapéutica: la alimentación.

 

A través de la alimentación (que algunas autoridades en la materia reconocidas a nivel mundial, como es el Dr. Seignalet, han denominado como “la primera medicina”) es posible trabajar sobre la bioquímica de nuestro organismo favoreciendo, a través del aporte de nutrientes, la optimización e incremento de las vías metabólicas de los neurotransmisores.

 

Incorporar alimentos ricos en ciertas vitaminas, oligoelementos y aminoácidos nos ayuda a mejorar, por ejemplo, la síntesis y niveles de la serotonina, sin duda el principal neurotransmisor para el bienestar psicoemocional. La serotonina se sintetiza a través del triptófano un aminoácido que abunda en la soja y sus derivados, los huevos de corral, las almendras o el arroz integral, entre otros.

 

Para mejorar nuestra resistencia al estrés es aconsejable seguir además las siguientes pautas:

 

  • PRIVILEGIAR EL CONSUMO DE ALIMENTOS “VIVOS” y DESTERRAR DE NUESTRA DIETA LOS ALIMENTOS “MUERTOS”

Por “alimento vivo” entendemos todo aquel alimento fresco, de calidad, cultivado o criado con métodos naturales y que no ha sido desnaturalizado mediante un procesado. Un alimento vivo conserva y mantiene la mayor parte de los nutrientes de forma activa, de modo que su biodisponibilidad para ser aprovechados por nuestro organismo es óptima y más inmediata. El paso del tiempo, los cambios de temperatura, la luz y el aire, la manipulación y el procesamiento mediante aditivos químicos, son los principales factores que inciden en la pérdida de “vida” de los alimentos. El consumo de alimentos “vivos” potenciará todos nuestros procesos bioquímicos y metabólicos, así como nuestros niveles de energía y vitalidad.

 

“Alimento muerto” en cambio, es todo aquel que ha sido cultivado o criado con métodos “no naturales”, elaborado y procesado con medios artificiales (sobre todo mediante aditivos químicos) para incrementar algunas de sus características (sabor, aroma, consistencia, color…) y/o aumentar su durabilidad. El resultado es que el alimento queda desnaturalizado y desprovisto de todo valor nutricional.

 

  • AUMENTAR LA INGESTA DE ALIMENTOS CRUDOS o COCINADOS POR DEBAJO DE 110º

Cocinar los alimentos no solo cambia su sabor, color y olor: implica alterar sus propiedades nutritivas. Por encima de los 110º y sobre todo, a partir de los 200º, se generan en el cocinado numerosas moléculas mutágenas, por lo que hay que evitar en la medida de lo posible las frituras, los horneados fuertes y las parrilladas. Es bien cierto que determinadas carnes, pescados, cereales, y verduras hay que cocinarlos, pero para ello nos decantaremos siempre por preparaciones sencillas y cortas: cocciones al vapor, salteados, escaldados, o bien por cocinados largos pero por debajo de 110º (las “ollas lentas” y los “robots de cocina” son una excelente herramienta en este sentido). El aporte de alimentos crudos, principalmente, frutas, verduras, frutos secos y, muy especialmente, germinados, es esencial. Lo ideal sería comenzar todas nuestras colaciones con un alimento crudo: una ensalada de fruta y/o verdura o un batido o licuado de frutas y verduras. De este modo prepararemos todo nuestro tracto digestivo para el proceso de digestión y asimilación de alimentos y nutrientes.

 

 

 

  • INCORPORAR PROTEÍNA DE CALIDAD

La palabra proteína deriva del término griego protos, que significa “primero”. El origen etimológico de la palabra no podría ajustarse más certeramente a la realidad, dado que las proteínas son el constituyente primordial de nuestra unidad estructural y funcional básica: la célula. Es necesario saber diferenciar entre aminoácidos (que son las bases de las proteínas), pétidos (unión de aminoácidos) y proteína.

 

La actividad del sistema nervioso central está regulada mayoritariamente por aminoácidos y péptidos. La comunicación entre el cerebro y el resto del sistema nervioso se verifica a través de unos mediadores químicos denominados neurotransmisores. Y las proteínas tienen una estrechísima relación con los neurotransmisores.

 

La proteína completa de calidad puede tener dos fuentes u orígenes principales: la proteína de origen vegetal y la proteína de origen animal. Pese a los indudables beneficios del aporte de proteína de calidad en nuestra dieta diaria, es necesario también mantenerse en guardia y evitar una dieta excesivamente rica en proteína de origen animal, sobre todo en carnes rojas o muy grasas, mariscos, etc.

 

El déficit de proteinas, bien sea en su forma más simple o más compleja, puede dar lugar a depresión, apatía, ausencia de motivación, agitación mental, dificultades de concentración y atención, problemas de memoria e incluso depleción de los procesos cognitivos. Por lo tanto, para trastornos del humor y el ánimo son esenciales aminoácidos, que encontramos en alimentos como los huevos de corral, carnes de ganadería ecológica, salmón, pavo, pescados azules, mariscos crudos o poco cocinados, frutos secos, etc.

 

  • TOMAR AGPI (ÁCIDOS GRASOS POLIINSATURADOS) DE CALIDAD.

 

Existen dos tipos de grasas o lípidos.

 

En primer lugar, están las grasas saturadas, que tienen como cometido proporcionarnos energía. No son parte estructural de nuestro organismo. Cuando hay un consumo excesivo, puede dar lugar a la obesidad o celulitis. Las grasas saturadas las encontramos en alimentos como lácteos o carnes grasas, en los aceites vegetales como el aceite de coco o en las margarinas, entre otros.

 

En segundo lugar, las grasas poliinsaturadas, a diferencia de las anteriores, sí tienen una función estructural en nuestro organismo. Su aporte es imprescindible para el mantenimiento óptimo de las funciones celulares de intercambio de nutrientes. Los AGPI (Ácidos Grasos Poliinsaturados) se encuentran principalmente en aceites vegetales de primera prensión en frío (oliva, lino, girasol, sésamo, onagra, borraja…), frutos secos crudos, sin tostar y  pescados azules, especialmente los pequeños como las anchoas o las sardinas.

 

  • CONSUMIR GLÚCIDOS DE CALIDAD

 

No todos los hidratos de carbono son iguales. La glucosa es el azúcar esencial, pues todas las células, incluidas las cerebrales, dependen de ella para la producción de energía. Sin embargo, ello no quiere decir que debamos ingerir glucosa en estado puro. Podemos obtener glucosa y energía a partir de los denominados carbohidratos complejos: frutas, verduras y cereales integrales. Éstos, al metabolizarse de forma lenta, van surtiendo a la sangre de la cantidad de glucosa necesaria para proporcionar una fuente de energía constante, que no estimulará en demasía a nuestro sistema nervioso. Por el contrario, si abusamos de los azúcares refinados, estos son rápidamente absorbidos y transformados por el hígado, pasando rápidamente al torrente sanguíneo, desde donde van envenenando cuerpo y mente. El consumo habitual de azucares refinados está asociado a muchas enfermedades: diabetes, hipoglucemia, síndrome metabólico, TDAH, ansiedad, depresión o inclusive el cáncer. Hay que privilegiar por tanto el consumo de frutas y verduras, cereales integrales y legumbres como fuentes principales del aporte de glúcidos en nuestra dieta.

 

  • VITAMINAS DEL GRUPO B.

 

Por último, no debemos olvidar incorporar en nuestra dieta alimentos que aporten vitaminas del grupo B. Las diversas vitaminas que componen el grupo B son esenciales para mantener en óptimo estado tejidos como el nervioso y muscular o la sangre, y órganos como el hígado. Desempeñan un papel fundamental en la actividad bioquímica del cerebro, y muy especialmente en el metabolismo y función de los distintos neurotransmisores. El déficit del complejo B está directamente relacionado con patologías como la depresión nerviosa, la bulimia o el TDAH. Dentro del complejo de vitaminas B, existen distintos tipos, con distintos beneficios. Pondremos algunos ejemplos:

  • Vitamina B1, lo encontramos en el arroz y los cereales integrales, así como en el cerdo magro de raza ibérica.
  • Vitamina B3, lo encontramos en las aves y los huevos de corral, así como en las nueces y cacahuetes, entre otros.
  • Vitamina B5, lo encontramos en las setas o hígados y otras vísceras (actualmente conocido como “casquería”), entre otros.
  • Vitamina B6, lo encontramos en las carnes magras de vacuno, cerdo y cordero, en los pescados y moluscos, en la soja y los lácteos de calidad, entre otros.
  • Vitamina B9, lo encontramos en la verdura de hoja verde, las legumbres o los cítricos, entre otros.

 

Desde hace ya más de un año, estamos inmersos en una situación global que ha trastocado nuestro modo de vida de forma que no alcanzábamos a imaginar. Gustar, sentir, oler y tocar son grandes inhibidores de la angustia, pues nos redimensionan en el cuerpo físico y mejoran nuestra propiocepción, frenando así, en cierta manera, el impacto de los potentes estresores de nuestro entorno.

 

La alimentación, desde esta perspectiva, puede convertirse en una aliada formidable para nutrir no solo nuestro cuerpo, sino nuestro espíritu; nuestra existencia misma.

 

Dice la medicina Ayurveda de la India que “comer es hacer nuestro lo que está fuera de nosotros”. Con independencia de que tengamos en cuenta todo lo antedicho a la hora de mejorar nuestras pautas nutricionales para con ello mejorar nuestra salud física y mental, no estaría de más que procurásemos una aproximación más espiritual a los alimentos. Lo que ingerimos no solo nos provee de la energía necesaria para llevar una vida digna y útil: literalmente, se convierte en nosotros mismos.

 

En esta difícil andadura, en la que, cada quién ha encontrado su punto de fractura antes o después, asociado a una u otra circunstancia, parece claro que lo que está destinado a permanecer no es el teletrabajo o el uso de las mascarillas, sino la prevalencia de los valores imperecederos que nos animan a dar lo mejor de nosotros mismos. La entrega a los demás, desde la esperanza y la tenacidad, es la mejor herramienta que podemos emplear para edificar sobre el presente las bases de un futuro siempre incierto, pero no por ello menos ilusionante.

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