SEPLA Noticias

02/09/2021
Ayudando a huir del horror talibán
• Recuperamos el testimonio de uno de los pilotos de Air Europa que ha transportado hasta España a militares y funcionarios españoles, además de afganos que huían del terror talibán

2 de septiembre de 2021.

 

Los pilotos de Air Europa han desempeñado un papel clave en la evacuación española de Afganistán. La compañía de Globalia ha repatriado en diez vuelos concertados con el Ministerio de Defensa más de 2.000 afganos desde el aeropuerto de Dubái hasta Torrejón de Ardoz, dentro de la operación organizada por el Gobierno español para sacar de Kabul al mayor número de personas tras la llegada de los talibanes.

 

La aerolínea tiene adjudicados desde hace más de 15 años, en concreto desde el accidente del Yak-42, los contratos del Ministerio de Defensa para el transporte de tropas y de vuelos que programe Defensa por motivos logísticos y estratégicos.

 

Sepla ha querido conocer cómo ha vivido uno de los pilotos que realizaron estos vuelos la experiencia de traer a salvo a personas que huyen del horror. Y este es su testimonio:

 

 

“El pasado 25 de agosto, tuve la suerte de ser escogido para capitanear un vuelo de rescate humanitario.

 

Empezamos en Madrid Barajas, tan solo con 7 militares como pasajeros y 8 tripulantes de cabina. Se trataba de acercarnos lo máximo posible al conflicto, sin poner en riesgo nuestras vidas ni la de nuestra aeronave comercial, un B787-8.

 

Partimos sin apenas información, excepto todo lo técnicamente necesario, pero poco o nada de la parte humanitaria, apenas lo que sabíamos por las noticias. Algo que era previsible, dado que operábamos como Aeronave de Estado y eso requiere mucha discreción.

 

Nuestro departamento de Operaciones había preparado todo lo necesario para el vuelo: planes de vuelo, permisos de sobrevuelo, de especial importancia al tratarse de un Vuelo de Estado y toda documentación que fuera necesaria.

 

Operábamos dos aeropuertos militares ajenos a nuestra operación habitual, y eso requirió una preparación mucho más exhaustiva.

 

Durante el vuelo, no tuve apenas ocasión de hablar con nuestros militares: apenas un saludo y una bienvenida a bordo. Pero me consta que nuestra tripulación auxiliar tuvo la suerte de intercambiar historias y anécdotas con ellos, de los que alguno ya había hecho el trayecto.

 

El vuelo a Dubái se desarrolló sin incidencias y aterrizamos casi a la hora prevista.

 

Allí estaba en A400 del ejército español, con la rampa trasera abierta y reteniendo en el interior a más de un centenar de personas que había volado desde Kabul. Se encontraban a la espera de cambiar de avión una vez llegara la tripulación que nos precedió, que estuvo descansando a la espera de nuestra llegada.

 

Tras una larga y tediosa odisea para pasar los controles de inmigración y de aduanas, nos desplazamos y acomodamos en el hotel asignado.

 

Durante las horas de hotel, se produjeron los 2 atentados bomba en aeropuerto e inmediaciones de Kabul. Todo apuntaba a que nuestro vuelo pudiera cancelarse, si en realidad no hubiera podido despegar antes el A400. Tras comunicarme con nuestro representante destacado al efecto, confirmó que no había cambios previstos.

 

Tras nuestro necesario y pertinente descanso, nos dirigimos al aeropuerto: nuevos controles y algún que otro despiste con la documentación, algo comprensible en una operación tan especial como la que estábamos llevando a cabo.

 

Al llegar al avión, pudimos ver de nuevo un A400 con la rampa abierta, y adiviné la gente en su interior, aunque había una gran cortina que los ocultaba casi en su totalidad.

 

Antes de embarcar al nuestro, se filiaba a uno por uno, incluso se le fotografiaba, dado que en vuelos anteriores se habían detectados casos de infiltrados.

 

Se nos presentaron los militares al mando y nos explicaron que tan solo íbamos a poder llevar a 140 rescatados. Ante mi pregunta de si se debía a los atentados, me informaron de que no; se debía a que no conseguían entrar en el aeropuerto de Kabul los pasajeros suficientes para el vuelo del A400.

 

Un Coronel Médico y ginecólogo solicitó hablar conmigo y me explicó que llevaríamos a una joven en estado. Me pedía autorización para realizarle una ecografía en la primera fila del avión. La idea era evaluar el riesgo durante el vuelo y, si detectaba alguna posibilidad de complicaciones, cambiaría los planes con otra médico y nos acompañaría para asistirla durante todo el vuelo. Afortunadamente dijo que podía volar sin riesgo alguno y que llegado el caso, contaría con la médico que siempre volaba en estos casos con nosotros.

 

Había una señora que estimamos alrededor de unos 80 años con un Alzheimer agudo que incluso le impedía mantenerse erguida en su asiento. Eso nos llevó a cambiarle a un asiento de Business, lo que le permitía estar tumbada. La atendía, con extremo cariño, un joven de unos 35 años, que parecía ser su hijo y posiblemente la persona que le había facilitado poder abandonar el país. Todos nosotros imaginamos salir del país sin ella y dejándola atrás. Sin duda hubiera sido un “NO-GO”. Como ejemplo de dramatismo familiar, uno de los militares de nuestro vuelo contó que, en otro anterior, habíamos llevado a un niño de unos 11 años que había perdido a sus padres en el aeropuerto. Tras unos días de incertidumbre, se supo que habían volado a Estados Unidos y ahora él volaba a Madrid con nosotros, a la espera de ver la combinación que pudiera reunirles de nuevo.

 

Estos y tantos otros ejemplos de familias destrozadas son el resultado de esta barbarie humana. Muchas que no pudieron reunirse a tiempo en Kabul. Otras que, a pesar de haber llegado, no consiguieron acceder al aeropuerto y algunas que quedaron separadas, quizás para siempre ya. El vuelo transcurrió sin la menor incidencia, y en Torrejón nos esperaba todo el equipo humano español destacado allí para poder atender y distribuir adecuadamente a nuestros preciados pasajeros.

 

Mis compañeros de vuelo y yo estuvimos solo haciendo nuestro trabajo: unos vuelos más en nuestro historial, eso es todo. Pero en nuestro sentir general y en nuestros corazones nos llevamos esa sensación de orgullo por el bien, y mucha tristeza por no haber podido hacer mucho más.

 

No puedo dejar de agradecer y felicitar a nuestros militares por hacer tanto bien a la sociedad. ¡¡¡GRACIAS!!!”

 

 

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