Aula de vuelo

05/07/2017
¿Cómo conseguí mis alas?
Cómo superé mis propios límites y decidí hacer realidad mi sueño de ser piloto


María F. Suárez Marcantonio- Alumna Curso FI(Instructor de Vuelo) en Aerotec Escuela de Pilotos


Entre mis primeros recuerdos, todos ellos en Venezuela (mi país de nacimiento), tengo expediciones a la Gran Sabana, subir en helicóptero hasta la cima de los tepuyes Kukenan y Roraima, montar en quad por las dunas de la Isla de San Carlos… entre otros. Poco tiempo más tarde, recuerdo haber nadado con tiburones en Miami o haber explorado una parte del Caribe en crucero.

Todas estas experiencias, con poca edad y en compañía de mis padres, fomentaron mi espíritu aventurero y poco conformista.

A medida que iba cumpliendo años, y ya residiendo en España, mi afán por explorar sitios nuevos no cambió. Es más, fue en aumento.

Durante los últimos cursos de Educación Primaria comencé a fantasear con dedicarme a ciertos trabajos que involucrasen viajar en avión a sitios exóticos y tuvieran cierto grado de emoción, cómo reportera de guerra o arqueóloga.

Ya en plena adolescencia y en el transcurso de realización de la Educación Secundaria Obligatoria, comencé a percatarme de que cada vez que me montaba en un avión me invadía una emoción indescriptible, que comenzaba inclusive desde que entraba al aeropuerto y empezaba a ver los carteles luminosos anunciando en cuanto tiempo despegaría él siguiente avión hacia cualquier lugar del mundo, ver a gente tan distinta correr de un lado a otro…

Ahí fue cuando comencé a pensar: ‘¿a qué me podría dedicar que implicase estar más tiempo dentro del entorno del aeropuerto?, o mejor aún, ¿Dentro de un avión?’

Acto seguido me vino a la cabeza: ‘¡Ya sé, azafata!’ ‘¡De esta forma podré dedicarme profesionalmente a viajar y estar subida en aviones!’

Naturalmente, en esa época tenía en mi cabeza la imagen de chica-azafata, chico-piloto. Era lo normal.

Sin embargo, tras hacer una pequeña investigación en cuanto al trabajo de azafata, y con todo mi respeto hacia ellas, y ellos (sí, también existen los hombres TCP), sentí cómo que le faltaba algo para ser ‘el trabajo de mi vida’.

Sí, me parecía llamativo el atender al pasaje, los uniformes me parecían muy fashion, me gustaba la idea de ‘viajar con amigas’ (suponiendo que me hubiera hecho amiga del resto de azafatas de la tripulación del día)…

Pero no sentía que me fuera a conformar con eso, necesitaba algo más, quizás algo más de emoción en lo que fuera a ser mi día a día durante la mayor parte de mi vida.

Hasta que un buen día, con unos 13 años, se me iluminó la bombilla, y recuerdo perfectamente haberme dicho a mí misma: ‘¿Y por qué no ponerme a los mandos del avión? ¿Yo, siendo chica, podría ser piloto?. Voy a mirar en internet si una mujer puede ser piloto.’
Sí, lo busqué en internet.

En este momento también comencé a descubrir e interesarme por la historia acerca de las pioneras de la aviación de las que nunca había oído hablar antes cómo Jacqueline Cochran, Nadezhda Popova o Bessie Coleman entre otras.

Cuando averigüé que SÍ podía, sentí el flechazo: Había encontrado lo mío.
Ahí fue la primera vez que se lo comenté a mis padres y a mis compañeros/as en el colegio, de los cuales obtuve la peor respuesta.

Mis compañeros del colegio me decían cosas como: ‘¿Cómo pueden gustarte los aviones y los vestidos?’ o ‘Qué rarita, qué gustos tienes’.

Y lo que más me dolió fue la falta de apoyo y comentarios de cierta profesora, que influenciaban al resto de compañeros.

Como sabéis, para ser admitido en una escuela de pilotos civiles no piden nota de corte de selectividad, por lo tanto, no tenía que sacar las notas que buscaban mis otras compañeras que aspiraban a entrar a medicina, ingenierías u odontología. Así que me consideraba, aparte de ‘rarita’, vaga.

En cuanto a mis padres, mi madre me apoyó desde el primer momento, sin embargo, mi padre siempre se mostró más escéptico porque justo en esa época no estaba obteniendo los mejores resultados académicos.

Por lo tanto esperé al último año de secundaria, durante el cual me fui a mejorar mi nivel inglés a EEUU mientras viajaba por el país, para volver a decírselo a mis padres.

El fin de esta espera era que llegase el momento de que mis padres dejasen de considerarme una niña con muchos pájaros en la cabeza y me tomasen en serio. Supongo que esperaba recibir de nuevo la típica respuesta que los padres dan a sus hijos cuando estos tienen una idea fuera de lo común o “imposible” en la cabeza; un ‘Claro que sí, hija’.

Pero esta vez tenía muy claro que no podía aceptar un no o una broma por respuesta.
Y de hecho no fue necesario.

En el verano posterior al regreso de mi curso en EEUU visitamos por primera vez Cuatro Vientos en busca de una escuela para sacarme la licencia PPL, aunque esta idea nunca llegó a buen puerto porque fue a mediados de verano y se me echaba el tiempo encima con el nuevo curso escolar. Aparte, ya habíamos decidido que iba a hacer el modo integrado en vez de el modular con el fin obtener la licencia ATPL.

Finalmente, tras haber acabado el bachillerato y realizado la prueba de acceso a la universidad llegó el momento de tomar la decisión final:

¿En qué escuela estudiaría para ser piloto?

Ya con esta decisión tomada, por fin, en octubre de 2014 se acabó la larga y tediosa espera de tantos años hasta comenzar los estudios que llevaba tanto tiempo deseando.

Había llegado el momento de conseguir mis alas, y efectivamente, tras infinitas horas de estudio, días y días en la biblioteca, madrugones para ir a volar o trasnochos para preparar vuelos… ¡Las conseguí!



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